En la década de los 30, con el advenimiento de la Segunda República, la cultura y la literatura ya no son objetos de una clase educada sino que llegan hasta la gente más sencilla. En aquel entonces, España intentó, con altibajos, construir una nueva sociedad más justa, más progresista. La Segunda República puso en marcha medidas para acceder al conocimiento o llevar la cultura a los lugares más postergados. Profesores y profesoras, intelectuales, escritores y escritoras participaron a esa tarea, Miguel Hernández fue uno de ell@s. Este compromiso no se detuvo al estallar la contienda; la preocupación por seguir educando a la gente permaneció: era lo que llamaron la “guerra al analfabetismo”. Así fue como la alfabetización de las masas siguió en las trincheras pero también en la retaguardia. Para las mujeres, y en particular las anarquistas, la alfabetización era uno de los objetivos más importantes para sacar a la humanidad de la ignorancia, especialmente a las mujeres. La difusión de la cultura y la enseñanza fueron probablemente unos de los mayores logros de la República en tiempos de guerra.